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Promueven un proyecto para “desbautizarse” Imprimir E-mail
Jueves, 25 de Junio de 2009 03:14

Natalia Pandolfo en El Litoral

Un grupo de personas comenzó una campaña para que se borren sus firmas de los registros bautismales, porque no están de acuerdo con la postura de la Iglesia en temas clave.

Sucedió, como suele suceder, en Buenos Aires: un grupo de personas dijo “No en mi nombre”, y bautizó así a una campaña que ya ostenta sus primeros resultados: en marzo pasado, 1.085 personas presentaron su pedido al Arzobispado de Buenos Aires para ser borrados de las actas bautismales. La acción tuvo efecto rebote en lugares como Mendoza y Córdoba.

Santa Fe, ciudad católica por definición, también hizo acuse de recibo: en lo que va del año ya se recibieron cinco pedidos de apostasía, contra los contados casos que figuran distribuidos a lo largo de toda la historia, según datos del Arzobispado local.

El planteo de fondo de la iniciativa, que utiliza a Internet como vía de difusión (www.apostasiacolectiva.org), es que la Iglesia Católica es una de las instituciones “que mayor nivel de representatividad se adjudica, y simultáneamente la que menos claridad ofrece a la hora de demostrarla”.

“Si estás bautizado, no importa cuán crítico seas de la institución católica. La Iglesia en tu nombre condena el aborto, la homosexualidad, boicotea los intentos del Estado por generar una política de educación sexual, condena y se opone al uso y reparto de anticonceptivos, a la eutanasia, al divorcio. En nombre tuyo intenta censurar expresiones artísticas y como si fuera poco, gracias a tenerte entre sus integrantes, se asegura que el Estado la sostenga y le otorgue privilegios especiales. No importa que pienses por cuenta propia y tengas otras opiniones: ellos te usan para apoyar sus intereses”, dice uno de los párrafos más enérgicos del sitio.

La apostasía, definida por la Real Academia Española como la negación de la fe de Jesucristo recibida en el bautismo, es un trámite personal. Se realiza en la parroquia donde se recibió el sacramento, y paralelamente en el Arzobispado correspondiente.

“Para la Iglesia todo bautizado está de acuerdo con sus doctrinas; por lo tanto, utiliza esa cifra (muy alta, porque el bautismo se transformó en una cuestión cultural) para imponer sus puntos de vista en la legislación y conseguir privilegios”, sostienen los impulsores de la propuesta.

CREDO, PERO NO TANTO

“Yo estaba a favor de la ley de divorcio, la iglesia en contra. Yo estaba a favor de las relaciones sexuales antes del matrimonio, la iglesia en contra. Yo no estaba de acuerdo en discriminar las diversas elecciones sexuales, la iglesia las discrimina. Y no sólo razonábamos diferente: sentía que la Iglesia quería imponer su forma de pensar a toda la sociedad”. Andrés Miñones tiene 37 años, está en pareja y es una de las personas que promueve el proyecto.

La sensación puede cristalizarse en números. El año pasado, el Conicet publicó la “Primera Encuesta sobre Creencias y Actitudes Religiosas” (Ver Infografía). Allí se mostró, por ejemplo, que el 75 por ciento de los entrevistados se declaraba católico, aunque menos de la cuarta parte admitía tener una relación con Dios a través de la Iglesia.

Los padres de Andrés decidieron bautizarlo cuando él lo pidiera. El reclamo llegó a los ocho años: no sólo quiso recibir el sacramento, sino que siguió el itinerario y llegó a la típica foto del brazalete, la torta amarilla y las manos juntas.

Su inclinación por las ciencias exactas lo alejó de la religión. “Supongo que, hasta ahí, sólo hubiera habido indiferencia. Pero en esa época, con el retorno de la democracia, empezaron a salir a la luz vinculaciones entre la Iglesia y la dictadura. Luego surgió la oposición a la ley de divorcio: se hizo costumbre ver a la Iglesia defender valores que a mí me parecían reaccionarios”, cuenta ahora, desde su casa en el Gran Buenos Aires. Poco después, Andrés decidía militar activamente en temas de laicismo.

EN EL NOMBRE DE LA WEB

A comienzos del año pasado, en Uruguay, un grupo de feministas decidió realizar una apostasía colectiva. Protestaban contra la presión ejercida por la Iglesia de ese país para que no se legalizara el aborto. De este lado del río, lesbianas, partidarios de la legalización e independientes imitaban la movida.

“Empezamos a hacer intentos individuales: yo hice el trámite en San Isidro, a fines de 2007”, cuenta Andrés. La resolución no fue simple: fueron necesarias varias gestiones frustradas para que, finalmente, recibiera una fotocopia de su partida de bautismo con la anotación al margen de su apostasía.

“Creemos que con la convocatoria aportamos un granito de arena a repensar si la religión es una elección consciente, o si es sólo una tradición vacía de contenido”, fundamentan desde el sitio web.

A la apostasía se la define como el rechazo total de la fe cristiana. La campaña es la primera de este tipo que se lleva a cabo en el país.

A la apostasía se la define como el rechazo total de la fe cristiana. La campaña es la primera de este tipo que se lleva a cabo en el país.

ADEMÁS

“A veces lo colectivo va en contra de lo personal”

Monseñor José María Arancedo extiende un certificado vacío: el esqueleto de un pedido de apostasía. “Esto siempre existió. Es un acto personal, que incluso está contemplado en el Código de Derecho Canónico. Y la Iglesia, aunque con dolor, respeta esa decisión”, asegura.

Lo que le llama la atención, dice, es el carácter colectivo de la campaña. “Esto de generarlo como un acto de militancia...”, desliza, y remata los puntos suspensivos con una mueca de disgusto.

Puesto frente a la opción de la autocrítica, arriesga algunas respuestas: “La Iglesia debe revisar la formación de sus miembros, para que los cristianos puedan dar razones de su fe frente a circunstancias difíciles”.

—Más allá de la fe, lo que se cuestiona es a la Iglesia como institución.

—La fe es la que nos permite aceptar lo humano de la iglesia. La iglesia no es algo simplemente espiritual: es también pertenencia a un cuerpo, que puede tener fragilidades. Puede ser que haya habido cosas sobre las cuales tengamos que interrogarnos, pero cuando la fe está sostenida, muchos aspectos institucionales no son tan cuestionables.

—Uno de los planteos es el de la injerencia que tiene la Iglesia respecto de decisiones del Estado, que deberían ser laicas.

—La iglesia no es el obispo y el sacerdote: está formada por familias, comunidades. A mucha gente le molesta que uno manifieste una postura contra lo que puede parecer progresista. Quizá esto fue un mes, y después desaparece... Está un poco sostenido por los medios. Es necesario reflexionar; a veces lo colectivo va en contra de lo personal.

Por mi gran culpa

Jorgelina Londero llegó al Arzobispado de Paraná con un sobre cerrado, lo dejó en mesa de entrada y salió a la calle. Después fue a la parroquia Santa Teresita, donde había sido bautizada, e hizo lo mismo. Nadie le preguntó nada. Tampoco le respondieron nada: ya pasaron tres meses.

Tiene 34 años y nació en la ciudad entrerriana, aunque hace cinco decidió mudarse a Santa Fe. Es periodista y milita en varias organizaciones sociales.

Hija de padres católicos no practicantes, hizo su primaria en un colegio lasallano. Con séptimo grado se terminó más que una etapa: el día que la citaron a la Dirección por no haber comulgado, ella decidió que habían pasado un límite. Y se fue.

“Creo que la Iglesia Católica es la institución social con más poder de manejar la culpa de quienes depositan en ella su confianza. Es la institución más jerárquica y patriarcal, con una serie de rituales que nada tienen que ver con nuestras identidades, con nuestros deseos”, opina.

Soltera, sin hijos, dice que su formación religiosa le generó contradicciones durante mucho tiempo. “En la época de la facultad, pasaba por una iglesia y me persignaba, automáticamente. Desactivar esas prácticas en las que nos “zipean’, lleva bastante trabajo”, asegura.

 
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