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¿El celibato explica el abuso sexual? Imprimir E-mail
Viernes, 23 de Abril de 2010 02:03

Olga Cristóbal / Partido Obrero para Insurrectasypunto

¿Cómo no va a estar plagada de abusadores una institución jerárquica y despótica, cuya "misión evangélica" la autorizó a asesinar directamente o por procuración a los infieles, los reformistas, los herejes, los indios, las brujas de la Inquisición, los esclavos?

En defensa del celibato sacerdotal, el cardenal Tarcisio Bertone -tan mano de derecha de Ratzinger como éste lo fue de Wojtyla-- dijo que los abusos sexuales del clero se explican porque los abusadores son homosexuales. Bertone, cómplice del ocultamiento de miles de curas paidófilos, puso una ficha más a la tesis del fiscal del Santo Oficio, Carlos Scicluna, quien sostiene que la mayoría de los curas no abusan de niños sino de adolescentes a partir de 12 años. Y eso ya no sería paidofilia sino "homosexualidad efébica". Hay una batería de psiquiatras clericales repitiendo la especie.

El cavernícola paralelo entre homosexualidad y violencia sexual contra menores no sólo intenta convertir en chivos expiatorios a los homosexuales, en pleno avance del matrimonio entre personas del mismo sexo. Bertone apunta contra los obispos que reclaman que la Iglesia derogue el celibato, en la idea de que así va a frenar la fuga de fieles, repoblar los vaciados seminarios y conventos, y, sobre todo, disminuir los ataques sexuales de los sacerdotes contra menores. Es una demanda añeja de los "obispos progresistas" pero, ante la amenaza de que el derrumbe de Ratzinger arrastre a la Iglesia toda, la ha hecho suya hasta el ex cardenal de Milán, el jesuita Carlo María Martini.

Todas patrañas

El abuso sexual no guarda relación con la inclinación sexual (homo o hétero) de quien lo perpetra. Expresa el impulso de dominar y lastimar a quien el abusador considera inferior y débil. Cumple el mismo fin que la violación contra las mujeres: el victimario, a través de la tortura, despliega su poder y se alivia... hasta la próxima víctima. Es violencia infligida a través de la sexualidad, no sexualidad actuada por medio de la violencia. El obispo de Tenerife, Bernardo Alvarez, afirma que "hay menores que desean el abuso e incluso te provocan". Merecen el castigo, le faltó decir. El arzobispo de Granada, Javier Martínez, defendió las violaciones a las mujeres que abortan, ya que "matar a un niño indefenso da a los varones licencia absoluta, sin límites, de abusar del cuerpo de la mujer". Otro castigo.

La idea de una humanidad pecadora y disvaliosa, a la que esperan los más horribles castigos post mortem si no obedece al Señor y a todos los señores, fue una herramienta eficaz de sujeción durante siglos. El clero reforzó su verosimilitud castigando sin piedad a quienes la desobedecían y avalando los castigos a los desobedientes.

Uno de los sustentos teóricos de la sexofobia de la Iglesia --para la que toda sexualidad es antinatural, excepto cuando tiene fines reproductivos y está al margen del placer-- es que las personas libran un eterno combate entre el cuerpo (sucio) y el alma (pura). Muchas instituciones católicas continúan obligando a sus pupilos a bañarse con un camisolín para que no vean ni toquen su propio cuerpo y se libren, así, de "las tentaciones de la carne". Desde Dickens hasta los testimonios de víctimas de abuso, sobran relatos de las golpizas recibidas porque -muerta de hambre, de miedo o de frío- una criatura abrazó a otra. Tocar, para un religioso, no es un acto de amor. Es un acto de degradación que debe ser aceptado porque "la mortificación del cuerpo purifica la corruptible carne". La glorificación clerical del sufrimiento cumple una función social inocultable: los pesares y las injusticias deben aceptarse resignadamente porque aportan a la Salvación Post Mórtem.

La nostalgia por una etapa histórica basada en el "derecho natural" atraviesa todas las encíclicas de Ratzinger, que culpa de la crisis capitalista a las ideas igualitaristas de la revolución francesa y a la imposición del laicismo por sobre las leyes divinas que él dice traducir y estima más útiles para controlar a las masas.

¿Cómo no va a estar plagada de abusadores una institución jerárquica y despótica, cuya "misión evangélica" la autorizó a asesinar directamente o por procuración a los infieles, los reformistas, los herejes, los indios, las brujas de la Inquisición, los esclavos? No es cosa del pasado: es lo que hicieron con los desaparecidos cuando absolvían a los represores de Videla en las salas de tortura y es lo que hacen cuando condenan a muerte a millares impidiendo la legalización del aborto o el uso de preservativos en plena epidemia de sida

Pero, además, la Iglesia es la más brutal legitimadora de la violencia del más fuerte. El "infierno" es un campo de torturas eterno donde dios castiga sin apelación a las almas desobedientes. El artista León Ferrari lo ha denunciado como la legitimación ideológica de todos los campos de tortura terrenales.

En síntesis, la derogación del celibato puede aliviar por un tiempo el descrédito de la Santa Iglesia Paidófila. Pero no evitará las violencias del clero, incluida la sexual. No es un erotismo insatisfecho e irrefrenable lo que los lleva a abusar de los menores. Si fuera sólo un loco frenesí, alguna vez se equivocarían de víctima y violarían a un cardenal. Violan a los más débiles porque sostienen que los más fuertes (dios y sus representantes) tienen derecho absoluto sobre los más débiles (los simples mortales) y que éstos deben someterse en silencio. Mientras haya Iglesia, los curas seguirán cometiendo las aberraciones que son constitutivas de la cosmovisión cristiana.

Última actualización el Viernes, 23 de Abril de 2010 02:07
 
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