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Los curas no pudieron repetir la Masacre. Cuando todos fuimos homosexuales y lesbianas (II) Imprimir E-mail
Domingo, 18 de Julio de 2010 21:40

Clara Vernet desde la Redacción de APM

Por leyes matrimoniales en Argentina fusilaron contra el paredón. El cardenal Bergoglio, heredero de los asesinos de Jerusalén. Pero no, esta vez Dios y el Diablo durmieron la siesta.

El 30 de diciembre de 1867, en solemne acto público, un pelotón de fusilamiento se alistó en la Plaza de San José del Rincón, en la ciudad de Rosario. La pena capital fue sentenciada días antes, cuando, depuesto el gobernador Nicasio Oroño, derogan la polémica ley de matrimonio civil, recientemente aprobada por la Legislatura provincial. Para escarmiento de todos aquellos impíos que desearan persistir en tan sacrílega idea, ordenaron disparar contra la Ley de Matrimonio, en la plaza pública.

Con este acto se consagraba la victoria de la Guerra Santa desatada por Monseñor Gelabert, obispo de Paraná y representante furioso de las leyes de Dios en la tierra. Durante meses, desde su púlpito comandó la avanzada y mandó a levantar trincheras en cada parroquia, y armar a la feligresía en contra de la “ley del diablo”.

Lo cierto es que la revuelta, que terminó con la intervención de la provincia y el pelotón apuntando a la norma, había comenzado con la solicitud de Pedro Zapata, santafecino, vecino de Villa Constitución, de 24 años, y de profesión jornalero rural, y de Antonia Maldonado, santafesina, de la misma villa, para casarse ante las autoridades civiles, estrenando la ley de matrimonio civil. Quiso el destino que la boda fuese celebrada un 1 de noviembre de 1867, día de Todos los Santos, fecha que quedó en la historia como inaugural del matrimonio civil en la Argentina.

Una nueva fecha se suma a la larga lista de batallas y conquistas. 15 de julio de 2010. El Senado de la Nación Argentina convirtió en Ley la modificación en el Código Civil que permite el casamiento entre personas del mismo sexo.

Argentina se convirtió en el primer país latinoamericano en legislar a favor del matrimonio igualitario, avanzando en la lucha por la igualdad de los derechos civiles. Sienta precedente y tendrá el desafío de brindarse como punta de lanza, para dar el debate en toda América Latina.

El destino empujó al tiempo y la sesión que comenzó en las primeras horas de la tarde del 14 terminó en las primeras del 15, conmemoración de la Masacre de Jerusalén: el 15 de julio de 1099 llegó a su fin la Primera Cruzada de los cristianos de la Europa occidental, lanzados a la conquista de Tierra Santa.

Después del asedio a la ciudad de Jerusalén, los cruzados logran penetrar la ciudad y asesinan a sus habitantes. Raimundo de Aguilers, canónigo de Puy y uno de los hombres que participó en los ejércitos cristianos, describió en sus crónicas la masacre: “en las calles y plazas de Jerusalén no se veían más que montones de cabezas, manos y pies. Se derramó tanta sangre en la mezquita edificada sobre el templo de Salomón, que los cadáveres flotaban en ella y en muchos lugares la sangre nos llegaba hasta la rodilla. Cuando no hubo más musulmanes que matar, los jefes del ejército se dirigieron en procesión a la Iglesia del Santo Sepulcro para la ceremonia de acción de gracias”.

Así finalizó la Primera Cruzada, la única “exitosa”. La Masacre de Jerusalén pronto se convertiría en una batalla legendaria para la cristiandad. Una de las más cruentas de las tantas libradas por el hombre en nombre de Dios.

En la ciudad de Buenos Aires, durante las últimas semanas se intentó revivir las llamas de ese fanatismo. El cardenal Jorge Bergoglio, Arzobispo de la capital argentina, escribía encendidas cartas convocando a sus fieles y a la comunidad toda a sumarse a “la Guerra de Dios” en contra de “la movida del Diablo”. Desde cada púlpito llamaban a marchar ante las puertas mismas del Congreso Nacional para recordarles a los legisladores que “esta guerra no es vuestra. Socorran, defiendan y acompañen en esta guerra de Dios".

Mientras tanto, la presidenta Cristina Kirchner salía a responder desde China, las acaloradas arengas de los representantes de la Iglesia argentina: “lo que yo creo como presidenta de la República es que el debate debe volver a su cauce normal, sin cruzados; acá no hay ninguna guerra, ni de Dios ni del demonio”.Y avanzaría un poco más en sus conceptos: “el matrimonio no es una construcción de la Iglesia Católica, es una construcción del Derecho Romano que les recuerdo eran todos paganos y persiguieron a los cristianos, hasta que finalmente el Cristianismo se impuso como una de las religiones monoteístas más importantes del mundo”.

Tal es así, que en los códigos civiles, capaces de enfriar la pasión de Cirano con sus meticulosas legislaciones del amor, aún siguen mencionando la figura primigenia, el Ius Connubi, o derecho a casarse, creado en Roma con el fin de ordenar, fundamentalmente, las relaciones patrimoniales de los ciudadanos.

Y es aquí donde se descubre el fanatismo de los cruzados. Fanático viene del sustantivo fanum que significa templo; fanático sería, según algunas traducciones, “perteneciente al templo”.

Su significado irá variando y fanático se convertiría en aquel que “trasladaba a otros ámbitos lo propio del templo”. Nadie quiere legislar en el terreno de Dios y de su pueblo. Ni librar batallas entre ejércitos celestiales y pecadores mortales. Simplemente que el Estado garantice la igualdad de derechos civiles para todos y todas en esta tierra.

En la última batalla librada en nombre de Dios, por el momento no se cuentan bajas. Sólo algún que otro magullón y la certeza de que se ha reparado una gran deuda con la ciudadanía de estas tierras.
 
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